
Por Germán Calderón España:
Nuestra democracia está alcanzando límites inconcebibles, al punto que el ciudadano colombiano está pensando, aún sin quererlo del todo, que no hay otra opción diferente al uribismo.
Esta cruda realidad se puede palpar del resultado de las consultas populares, jornada en la que predominó el abstencionismo y la apatía, ésta última, carcomiendo a uno de los partidos tradicionales colombianos, el Partido Liberal, que en estos días cumple 160 años de vida política, como también derruyendo las esperanzas del joven partido de oposición Polo Democrático Alternativo que adicionalmente padece de divisionismo crónico debido a la falta de tolerancia y disciplina interna minimizada por los intereses particulares de algunos de sus miembros.
Los padres de la patria, Senadores y Representantes, dieron el primer paso: transfuguismo al mejor estilo, como si estuvieran seguros de la reelección del Presidente Álvaro Uribe Vélez. Con esta decisión, fortalecieron un solo partido, la U, que en muy poco tiempo tendrá que resistir sus propias guerras internas porque no tendrá cama para tanta gente, entonces, cuál será su destino cuando los avales no alcancen para todos, o cuando por decisión de la Corte Constitucional se declare inconstitucional la ley de convocatoria del referendo?
El segundo paso lo están dando los partidos de oposición. El primer factor, la exclusión de unos con otros, supuestamente porque no existen afinidades sobre las cuales se pueda construir un acuerdo nacional. Seguido de una mentirilla que desdibuja la razón verdadera por la que deben permanecer unidos, sin consideraciones ideológicas, de tendencias o aspiraciones particulares, y más bien pensando en tomar el poder para desmontar la maquinaria uribista que pretende gobernar en cabeza de pocos durante mucho tiempo. En otras palabras, defender la democracia.
Una pizca de azúcar y una pizca de sal, como cuando se prepara una torreja, están conduciendo al pueblo colombiano a pensar que existe una sola alternativa viable para gobernar y ejercer el poder. Ya no importa el regionalismo, el partidismo o cualquier otra causa que daba lugar en antaño a luchar hasta sacrificar su propia vida, interesando ahora únicamente y en forma exclusiva una falacia, la seguridad democrática, que hasta la fecha no ha dado los resultados prometidos, por lo menos frente a nuestro principal enemigo, las FARC.
La desembocadura de lo que está pasando en nuestro país, en el plano político, no tendrá varios brazos, llámese alternativas, como sucede en la lógica de los deltas democráticos, de donde surge un ganador que respeta el papel de cada afluente y fomenta el equilibrio de las fuerzas de la naturaleza.
Las democracias se mantienen incólumes cuando sus principios no se negocian. La separación de poderes, la independencia de la justicia y de los órganos de control, la tolerancia por la diferencia y el respeto de los derechos humanos y fundamentales, hoy por hoy, constitucionalizados, los que deben ser garantizados a todos por igual, son los elementos que obligan a exhortar a los colombianos para que no piensen que existe un único mesías en esta peregrinación.
¡No!, no son los hombres los que se vuelven imprescindibles, son las instituciones, sus principios y la democracia.